LOS ARRIEROS: SOBREVIVIENTES DEL PASADO

A los valientes y sacrificados arrieros bolivianos del Siglo Veintiuno, continuadores de las remotas tradiciones coloniales.

Por Clovis Díaz de Oropeza F.

Escribir sobre los arrieros en la segunda década del Siglo Veintiuno, parece no tener importancia ni puntos actuales de referencia. Es lógico. Vivimos una era de soberbios avances en todos los campos de la ciencia y en particular, en el de las comunicaciones.

La comunicación en nuestros días, ha convertido el instante, en una forma estable, congelada, de tiempo. Lo que ocurre en el Polo Norte, se conoce de inmediato en el Polo Sur y en los cuatro ejes cardinales de nuestro Planeta. La novedad es constante y viaja a la velocidad cercana a la luz. La novedad se ha hecho, valga decirlo, menos novedosa.

En contrapartida, aún transitan por los interminables y estrechos caminos de herradura, los sobrevivientes del pasado: los arrieros que caminan tras sus acémilas y caballos, llevando y trayendo alimentos, medicinas, ropa, combustible y, en fin, cuanto sirve a los pobladores del área rural, excluidos precisamente, del veloz tiempo que nos toca vivir.

Los arrieros son la noticia y el vehículo por el cual viajan las novedades que no tienen ni apuro ni fecha. Noticias que, sin embargo, impactan en la población alejada que las recibe.

Tuve la suerte de caminar junto a estos bravos paisanos, curtidos por el diario y largo trajinar, recorriendo kilómetro tras kilómetro; legua tras legua, sin que el cansancio ni las desgracias —como el perder una mula precipitada al abismo— doblegué sus templados espíritus, hasta llegar a destino.

Parecía que sólo tenían conocimiento de sus mulas, de sus caballos, de sus aperos, del forraje y de los lugares en los cuales debían acampar: las “pascanas”. Empero, no es así. Tienen su propia sabiduría, producto de la difícil experiencia diaria. Conocen el estado del tiempo con anticipación; saben qué plantas son medicinales y distinguen a los animales sean o no venenosos. Dominan, absolutamente el entorno en que desarrollan su labor. El camino no tiene secretos para ellos.

Cuando miran la huella de una “abarca” o de una “ojota” saben a quién pertenece y a qué hora pasó por ahí. Abarcas y ojotas, son hechas a mano de llantas en desuso. El “abarquero”, corta la goma con el filo de un cuchillo; talla una serie de esquemas geométricos en la planta y si daña alguno accidentalmente, ese corte, es igual a una huella digital, reconocida al punto, por los diestros arrieros: –Por aquí pasó fulano, hace más o menos una hora”, comentan.

Lo propio dicen al atravesar los caminos carreteros no asfaltados: — “Un camión, está de ida hacia el norte”. Explican que, al girar la rueda del vehículo, expulsa la tierra en sentido contrario y por ese detalle saben la dirección que tomó el motorizado.

A distancia y con su desarrollado olfato, identifican algunas “desgracias”: –“¿De quién será ese caballo picado por los murciélagos? Así es. A poco, un caballo, piel y huesos, caminaba en sentido contrario a los arrieros, con todo el lomo y las ancas sangrantes, picado por los murciélagos que abundan en las cuevas cercanas a los ríos.

Gozan con sus bromas. Si matan una serpiente cascabel, la colocan en el camino ocultando la cabeza del ofidio bajo hojas secas, como si estuviera viva. El arriero que retorna por el mismo camino, al ver la víbora se asusta. Rápidamente piensa en dos alternativas: una, matarla con su bastón que lleva siempre a mano y otra, regresar al punto de partida.

Los paisanos creen que “toparse con una víbora es de mala suerte y mejor es regresar a casa”. De cualquier manera, la broma ha surtido efecto al causar tremendo susto.

Uno de sus proverbios afirma: “la primera mano, es la carona”. Es decir, que antes de colocar los aperos al animal, el arriero debe pasar su mano sobre la espalda de la acémila o de su caballo, para constatar que no hay espinas ni objetos cortantes que lastimen al cuadrúpedo.

Nombran a sus animales queridos por el color de su pelaje: Zaino, Azabache, Mora, etc. Saben cuál de las bestias, al ser herrada, es “mañuda” porque apoya todo su voluminoso cuerpo en el pobre arriero, mientras éste coloca los herrajes y los clavos al casco del animal.

Para domar mulas, las viste de pollera y cubre con un “manteo” los ojos de la bestia. Luego, con ayuda de sus compañeros y familiares, ata un lazo al cuello de la acémila. Con un largo chicote, que silba por las orejas del animal, hace que corra en un círculo cerrado hasta que se cansa. Sólo así, la agotada mula permite que le pongan un peso en su espalda y ¡ya está domada!

LOS CAMINOS DE HERRADURA

Sortear los “caminos de herradura” no es tarea fácil. En realidad, son sendas que apenas permiten el paso de una mula cargada y tras ella que lleva un cencerro o pequeña campana atada al cuello, avanza la columna de acémilas, caballos y personas al ritmo de la mula-guía.  El problema es cuando otros arrieros vienen en sentido contrario. Entonces hay que hacer “maniobras”.

Los caminos de herradura son profundos, como fallas geológicas. Con el golpear del casco herrado de la mula y del caballo, el camino va hundiéndose, formando gradas y huecos; huecos y gradas de nunca acabar. Peor si el recorrido es en tiempo de lluvias ¡Dios nos libre del fango; del pesado trabajo de subir una grada y bajar nuevamente al surco dejado por los herrajes de fierro!

Estos caminos recorren los cerros como lo hacen las curvas topográficas. La profundidad de ellos, habla de sus larguísimos años: tienen siglos.

Los “atajos”, existentes en los caminos de herradura, ahorran horas de caminata a los fatigados arrieros y son bienvenidos

LAS PASCANAS”

Los arrieros, en su prolongada caminata necesitan descanso para ellos y para las mulas, caballos y ganado. Tienen sus “pascanas”, generalmente ubicadas en una hoyada o en un montículo, donde existe agua corriente; leña para el fuego, forraje para las bestias y sobre todo, seguridad. Ahí pernoctan, haciendo entre toda una rueda al fuego, mientras cocinan o destilan el “café del viajero”.

Los arrieros, respetan los fogones de piedra o cualquier otra precaria construcción dejada por anteriores caminantes. Nunca los destruyen porque saben que “en la vida todos somos arrieros”.

Si hay tormenta nocturna, utilizan las caronas de las mulas como resguardo. Soportan estoicamente la lluvia.

COMIDA DE LOS ARRIEROS

¿Qué comen los arrieros en sus largas caminatas? Con absoluta seguridad, charque, papa, chuño, yuca, plátano cocido y por supuesto el café del viajero, consistente en café molido, echado a una olla de agua hervida. Las “sardinas” enlatadas son parte obligada del menú. El pan, es un producto de lujo.

Nunca les falta agua que obtienen de las hermosas vertientes y aguadas, nacidas al pie de las pascanas. A veces cazan algunas piezas. De inmediato hacen un alto en el camino y procesan al animal. Utilizan su carne fresca en el día y el resto lo “salan” para que dure. Comparten la comida. Una forma real de camaradería.

ARRIERO FAMOSO

En los caminos de herradura, todavía se nombra a un arriero de gran corazón: José de Arimatea, le decían sus compañeros de ruta. Casi había perdido la vista. Caminaba sólo en las noches de luna. Contaba que había presenciado a “Simón Bolívar parado en una gran roca existente en el camino de herradura”. ¿Cómo era Bolívar?  “Un señor envuelto en una gran capa roja”, contestaba.

José de Arimatea –le habían puesto ese sobrenombre por su sensibilidad humana—reía frente al encendido fogón al acordarse de que una “muchacha negra, para interesarle en matrimonio, le había dicho que provenía de una gran familia; que “su mare, era de taco alto…”.

Cuentan que José, pese a las limitaciones de su vista, nunca sufrió un accidente en los peligrosos caminos de herradura. Tal vez y con los largos años que transcurrieron, su alma aún recorra los bellos parajes que llevaba frescos en su portentosa mente.

LOS ARRIEROS DEL PASADO

A continuación, una mirada retrospectiva a las grandes caravanas de llamas, mulas y caballos, único transporte de comercio y de comunicación que recorría en semanas y meses, la dura y accidentada geografía de las rutas comerciales en el sistema colonial que, generalmente tenían como meta, la ciudad de Potosí.

Laura Escobari de Querejazu, en su premiada obra “Producción y Comercio en el Espacio Sur Andino, Siglo Diecisiete”, Colección Arzans y Vela (Año 1985, La Paz) afirma sobre las Rutas Comerciales Internas: “El principal medio de transporte interior en el Siglo Diecisiete es la mula. El transporte por este medio se hace empleando 50 o más animales agrupados en recuas. Cada grupo de diez mulas es asignado al cuidado de dos personas. A estos grupos se los llama piaras. Al final de la tropilla van mulas libres, para recambiarlas en el trayecto. Quienes se dedican al transporte de mercaderías empleando mulas son los arrieros, quienes crecen notablemente en cantidad, dado el flujo intenso del comercio.  Los arrieros, aunque se mueven entre ciudades tienen un lugar de residencia permanente. Su condición social depende del número de recuas que tengan, por lo general, dado que controlan el único medio de transporte se convierten en poderosos capitalistas y acreedores”.

Aún hoy, los arrieros modernos, transitan las rutas paralelas a las carreteras, como si el tiempo no habría trascendido. (clovisdiazf@gmail.com)

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